19 de mayo de 2012

A propósito de Chilly

Llegó, tocó, y sin duda venció. Le precedía un olor familiar que jamás hubiese asociado a ese tipo de eventos. No alcanzaba a discernir si aquel inquietante aroma procedía del artista o era propio de la sala. Tal vez venía del Steinway & Sons, pero no hubiese sabido distinguir, nunca antes había olido un piano de cola. Nada más entrar me atacó la pituitaria sin piedad, y como cualquier víctima, mi primer instinto fue intentar zafarme de sus garras. No hubo éxito. Es más, enseguida comprendí que la única solución razonable era desistir y dejarse llevar. Debía confiar en que pronto el resto de sentidos anularían al olfato. Así fue. Incitados por la melodía, el oído, la vista, incluso el tacto, tomaron las riendas. El gusto, sabiamente aconsejado por su compañero más afín, había pasado a un segundo plano, temeroso de que aquel evento acabase sabiendo rancio. Nada más lejos de la realidad, al final de la noche comprendí que aquel era un sabor extremadamente complejo, como el de un buen vino tinto. Si bien no apto para cualquier paladar, susceptible de llegar a ser apreciado por los más atrevidos.

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