5 de febrero de 2012
Cenicienta ignífuga
Cenicienta, por una mezcla de pereza y cansancio, se quedó dormida y se olvidó de abandonar el baile antes de las doce. Al sonar la última campanada, su vestido empezó a arder por combustión espontánea. Castigo divino. Afortunadamente su piel, que había sido un regalo de su padre por su dieciocho cumpleaños, era ignífuga. Tuvo el tiempo justo de quitarse el vestido y arrojarlo a una fuente cercana, evitando así que se produjese un incendio en palacio. Su cuerpo desnudo quedó expuesto ante todos los presentes, que la miraban con una mezcla de perplejidad, incredulidad y confusión. Entonces el príncipe (por ser un poco fiel a la historia original) se acercó y la cubrió con su capa. La agarró de la mano y la sacó de allí de inmediato. La subió en su Corvette y condujo sin rumbo durante lo que le pareció ser un tiempo interminable. El pobre chico intentaba encontrar algún sentido a lo que acababa de suceder. Después de aproximadamente dos horas, Cenicienta, que también había quedado petrificada por los acontecimientos de la noche, se atrevió a musitar algo. -Lo siento, debes de estar muy sorprendido- dijo con voz culpable. -No sé si sorprendido es suficiente par definir el estado en que me encuentro ahora mismo. Digamos más bien, que lo estoy flipando- contestó el príncipe. Cenicienta suspiró profundamente, como quien está a punto de desvelar un secreto que jamás pensó revelaría a nadie, ni siquiera a su príncipe azul. Con voz afectada pero firme se dispuso a relatar cómo, cuando lloraba desconsoladamente en su habitación por no poder ir al baile, su supuesta Hada Madrina -esa enana bastarda a la que pensaba exterminar en cuanto se la echase a la cara- había aparecido tras una masa de humo fucsia que apestaba a algodón dulce. Aquella señora le había prometido que podría ir al baile, y sólo había puesto dos condiciones: 1) tendría que estar de vuelta antes de las doce de la noche, cuando sonase la última campanada, y 2) tendría que ir caminando, porque en el Ministerio de las Hadas estaban de recortes y ya no le quedaba presupuesto para convertir la calabaza en carruaje. Cenicienta, que era una entusiasta, aceptó encantada. Pero cuando llegó al castillo tenía los pies molidos de tanto caminar. Le daba pereza ir a saludar al príncipe, así que decidió sentarse a descansar en un cómodo tresillo tipo London. De inmediato se quedó dormida. Cuando sonó la primera de las doce campanadas se despertó sobresaltada y confusa. Por fin reaccionó y entendió donde estaba, pero ya era demasiado tarde. Lo siguiente que recuerda es ver como su vestido se incendiaba sin previo aviso. Nunca pensó que su piel nueva iba a ser de utilidad algún día. Enseguida comprendió que aquel era su castigo por no haber cumplido la primera condición del Hada Podrida. Por suerte el príncipe se había compadecido de ella, y la había rescatado de aquella pesadilla. Ahora ambos intentaban recuperarse del shock de una noche que tardarían mucho en olvidar. FIN.
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Me encantan los cuentos trastocados!!!!
ResponderEliminardivertido y sorprendente. Muy bueno lo del ministerio de las Hadas....
ResponderEliminarGracias, chicas!
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